El
viento sopla
la
madera, que está podrida y rota
hacia
el suelo se desliza,
teniendo
mucha prisa.
Madera
muy noble,
que
hace años era inquebrantable
y
que hoy no es más
que
pedazos de lo que fue un día.
No
lo queda esperanzas,
se
desliza, fluye
como
el río cuando lleva agua,
sin
saber donde ni cuando acabara su marcha.
Las
termitas la devoran,
le
quitan la esperanza y el color
a
ese pequeño corazón
de
serrín y madera.
Tras
la madera llega el halcón,
fuerte
y lleno de pasión,
que
quiere volar y alcanzar
todos
los objetivos, y ya está.
El
halcón se sabe ganador,
se
conoce y se da mucho amor,
sabe
que todo recae sobre él
que
su destino no es más que cumplir con su querer.
El
hombre, cazador y ruin,
que
sólo sabe destruir
dispara
al halcón
hiriéndole
de muerte, en el corazón.
Éste
cae
y
agoniza en su lecho,
queriendo
encontrar en el momento
un
poco de quietud en lo eterno del sueño.
El
viento vuelve a soplar
llevándose
hacia la mar
este
pequeño escrito
para
no volver a verlo nunca más.
Este
es el llanto sangriento del corazón,
al
que le apena todo lo que ve a su alrededor.
Se
abre aquí un camino nuevo,
vuelvo
a tener alas.
Alas
para volar,
y
así no mirar atrás.
Mi
mundo, otra vez, se derrumba,
y
yo aquí terminando de cavar mi propia tumba.
No
soy ya lo que fui,
y
tampoco seré jamás lo que soy,
y
por eso de vosotros me despido,
sin
saber a donde voy.
Fabián a 12 de mayo de 2012
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